El ministerio sacerdotal y la virtud teológica

Raul Terés  – 1o.Bachillerato

8-octubre 2007

 

 

Tan grande es la debilidad humana, tan débil nuestro corazón, que el pecado entra con tanta facilidad, que el simple hecho de elaborar una lista de virtudes aplicables a nuestra carrera puede reforzar nuestro orgullo, hacer retroceder la gracia de Dios en nosotros y enemistarnos con Él. Por esto es tan necesario, pedir –y lo pido con fervor- que ni la soberbia ni el orgullo ni el sentimiento de superioridad entren nuestro corazón y le corrompan.

 

Yo he tenido la gracia de ser llamado por Cristo al sacerdocio. Él ha elegido este instrumento insuficiente e inútil para extender la obra de la salvación redentora llevada a cabo por Él para todo el mundo.

 

La dignidad del sacerdocio en Cristo es la más alta dignidad que el hombre pueda alcanzar: el sacerdote es “alter Christus”, otro Cristo, y no solamente eso, sino –como decía San Josemaría Escrivá de Balaguer- “ipse Christus”, el mismo Cristo. Es pues admirable el punto hasta el que llega la dignidad del sacerdote. No obstante, la dignidad sacerdotal no hace el presbítero superior al resto, ya que como dice Cristo, los primeros serán los últimos y los últimos los primeros. Así, cuanto más humilde sea –santo- más digno será y menos “se lo creerá”: no será soberbio. Su ejemplo de santidad combatiendo el pecado, el mal, la muerte –naturales en el hombre por la desobediencia- con la humildad, la bondad procedente de Cristo y con la gracia de su pasión, muerte y resurrección.

 

Como pastor del pueblo de Dios, el sacerdote tiene la gracia –por la acción del Espíritu Santo- de administrar los sacramentos y celebrar el memorial de la muerte, pasión y resurrección: la Santa Misa.

 

Sin embargo, hablando más sobre la carrera habría que  decir que es un prepararse para llegar a comprender la naturaleza de Cristo y su obra. Es un tiempo para acercarse a Cristo y conocer mejor sus designios. La teología hace eso: nos permite conocer un poco  –dónde quieres llegar pecador, que quieres conocer todo lo que Dios hace y sus porqués solo con la inteligencia humana- como es Dios, su obra salvadora y su manera de pensar y de hacer. Este conocimiento de Dios y la contemplación de su magnanimidad aumentan la fe y el fervor –benditas virtudes- del alma errante que se prepara para el ministerio del servicio eclesial.

 

Mucha gente cree que el latín y el griego no sirven para nada –yerran, pero solamente parcialmente-. El latín y el griego sirven para partir hacia un alto conocimiento teológico y se emplean en el estudio de los textos sagrados originales, escritos en griego la mayor parte. Para poner un ejemplo, citaré la escena de la resurrección de Jesús que nos narra el evangelio de San Juan. Si leemos en catalán, encontraremos tres veces la palabra ver, sin embargo, si lo leemos en griego encontraremos tres verbos diferentes. Así, pues, para estudiar con profundidad tan agradable relato lo entendemos mucho mejor con el griego que con el catalán.

 

Por eso, saber latín y griego es importante porque nos da la virtud de poder entender mejor la Sacra Escritura.

 

La carrera de sacerdote, como se puede ver, está llena de virtudes, todas provenientes de Dios.

 

Así pues, el ministerio sacerdotal es aquel por cual Dios, por medio de sus humildes sirvientes consagrados a Él, sigue extendiendo la salvación por todo el mundo y sigue realizando la obra de su amor en nosotros por medio de los sacramentos, que los reverendos nos proporcionan. Sin este ministerio el mundo perdería toda esperanza y se acabaría el agua que brota de las fuentes de la salvación. En definitiva, el ministerio del servicio sacerdotal es la más alta virtud a la que el hombre puede aspirar: servir a Cristo en los hermanos.