Hacia la plenitud del amor
Por lo común, las personas con un mínimo de buena voluntad y de formación y talla humanas aceptan que el ejercicio del sexo sólo encuentra su ámbito adecuado en el contexto de un amor real entre quienes lo ponen en juego. Pero tampoco es infrecuente, en la actualidad, que esos mismos chicos o chicas sepan muy poco o nada de lo que el término “amor” efectivamente significa y todo lo que puede dar de sí; que lo confundan con otras realidades que a menudo se le sobreponen, lo acompañan o participan en cierto modo de él.
Y no es de extrañar. Pues esta palabra ha revestido a lo largo de la historia de la humanidad, y ostenta hoy día, significados múltiples y varios, y a veces contrapuestos. Un somero vistazo a la literatura o a la filosofía occidentales bastaría para comprobarlo: el eros de los griegos clásicos, el amor cortés de los medievales, la pasión romántica, el amor de donación propugnado con vehemencia entre los mejores de estos últimos decenios… poseen en común el nombre y algunos caracteres más, pero se alejan y llegan a oponerse en otros muchos aspectos, incluso fundamentales: en la actitud de fondo que reclaman de sus protagonistas, en la presunta intensidad con que los implica, en el modo de concebir y tratar a la mujer, en la aceptación o no de las responsabilidades que esa relación lleva consigo, en su índole fugaz o permanente —¡tantos y tan falsos, por efímeros, «amores de verano»!—, en la proporción en que intervienen o dejan de intervenir los elementos corpóreos, emotivos y espirituales…
En la actualidad, el término “amor” es uno de los más utilizados… y de los más prostituidos. Se abusa mucho de él. Hay quienes lo han depurado de connotaciones en otro tiempo irremediables, como las de tipo económico, político o social —los célebres matrimonios de conveniencia—, llevándolo de esta suerte a realizaciones gloriosas, antes desconocidas. Es justo dejar constancia de este hecho eminentemente positivo. Pero en nuestra cultura lucha también por imponerse una tendencia que prima en exceso las meras manifestaciones físicas o emocionales, la afirmación individualista del propio yo o el placer, e incluso las «expresiones de amor» controvertidas y polémicas, que tienden sin embargo a adquirir carta de ciudadanía en el seno de la sociedad actual. Se habla así, por ejemplo, de amor entre dos novios o esposos, pero también, y otorgándole el mismo rango, de «amor homosexual» o simplemente de «hacer el amor»: algo que en otro tiempo tenía un sentido correcto (cercano al de cortejar o hacer la corte), pero que hoy, degradado y reducido con frecuencia a pura fisiología con un leve y no siempre sincero toque sentimental, se convierte para bastantes en una triste mueca del verdadero afecto, en un ambiguo y efímero jugar a quererse.
En definitiva, una especie de galimatías en el que no es fácil discernir el grano de la paja.
Por eso es oportuno que quien comienza a sentir la atracción hacia una persona del otro sexo reflexione antes que nada sobre el amor humano, sobre los distintos modos en que se manifiesta y sobre el esplendor y vivacidad que cobra cuando se torna definitivo mediante el compromiso voluntario, firme y estable entre un varón y una mujer.
a) El amor romántico
— Su grandeza. Aunque cada ser humano posee una biografía original y exclusiva, imposible de encorsetar en esquemas preconcebidos, y aunque el entrecruzarse de dos existencias se revista todavía con más fuerza de una singularidad irreiterable, sí que cabe bosquejar una suerte de paralelismo entre el camino recorrido por bastantes de las personas que comienzan a experimentar los barruntos del amor. Notas que en cada caso se tiñen de matices y tonos intransferibles y que no tienen por qué darse siempre, pero suficientes para apuntar un sendero común que bastantes transitan… aun cuando cada cual lo haga de un modo peculiarísimo.
Y, así, con relativa independencia del momento biográfico en que el suceso tiene lugar, suele surgir el enamoramiento como un amor sentimental, un amor estético y afectivo o de simpatía: de atracción física unida a un interés por el individuo concreto de distinto sexo cuyas maravillas se comienzan a vislumbrar, y que, cuando resulta correspondido, despierta en los implicados un afán casi irresistible de verse y hablarse de nuevo, de saber más del otro, de relacionarse.
Y esto es sólo el inicio. Pues a medida que el trato crece, se instaura por lo común una sintonía de caracteres y aumenta el mutuo deseo de conocerse mejor y de estar juntos. La persona de quien uno se enamora ocupa todo nuestro horizonte intelectual y afectivo: difícilmente podemos pensar en algo distinto que en estar con ella ni sentir otra cosa que su recuerdo; leemos y releemos los mensajes intercambiados… y ya sabidos de memoria; acudimos presurosos a las citas y buscamos las «casualidades» —rodeos a veces de varios kilómetros— para vernos una vez más, aunque sólo sea unos minutos; las despedidas se tornan cada vez más costosas, y sólo cobran sentido porque nos acercan al próximo encuentro… Vivimos más en el otro que en nosotros mismos: es él quien otorga su entero significado a todo aquello con lo que nos relacionamos. Como dice Buttiglione, el enamorado experimenta una especie de «desplazamiento afectivo»: “Antes ‘yo’ significaba, en primer lugar y casi exclusivamente, el propio cuerpo físico, comprendido como centro de intereses y acciones. Por el contrario, cuando uno se enamora desea estar junto a aquel que ama de modo tal que el centro de la propia existencia se hace reposar en esa cercanía”.
Pero hay más. El amor sentimental resulta en extremo gratificante y embriagador porque apenas exige esfuerzo. Todo lo contrario. Brota y se despliega de una manera espontánea, involuntaria, en absoluto forzada. Nadie decide deliberadamente enamorarse de una persona, sino que, sin saber bien cómo y por qué, muchas veces tras un solo encuentro, otras después de un roce más o menos circunstancial o de un dilatado período de trato relativamente anodino, el amor le sobreviene: empieza a sentir afecto y ternura y entusiasmo por ese otro ser maravilloso. Y no sólo a causa de sus aspectos atrayentes o agradables, sean éstos físicos, de temperamento y carácter o propiamente espirituales, sino debido a una suerte de congenialidad o complementariedad entrevista, una a modo de empatía, de «alquimia», que empuja irresistiblemente hacia el otro.
Esto es lo que suelen experimentar nuestros adolescentes. Y les parece que no cabe ir más lejos ni en amor ni en satisfacción ni en júbilo. Porque mientras dura el impacto inicial, la alegría, la impresión de crecimiento, de estar a punto de estallar, de flotar por encima de las nubes…, el sujeto las experimenta sin poner ni mucho ni poco de su parte, como arrebatado por la pasión que suscita en él quien lo enamora. De ahí que este amor, llamado muchas veces “pasional”, se conciba a menudo como el más sublime, como el no va más de los amores. No creeríamos a quien nos insinuara que resulta posible subir más alto… mucho más alto.
— Sus límites. Y, sin embargo, se puede… y resulta imprescindible darlo a conocer de manera creíble y entusiasmante, más allá de las apariencias inmediatas e incluso de las actuales capacidades de los más jóvenes de comprenderlo cabal y definitivamente. Pues, en efecto, el amor pasional es vivido a menudo con gran fuerza y resonancia interiores. Mas apenas suele elevarse por encima del plano impulsivo y emotivo, de los «instintos» y sentimientos. Y esta esfera, como la experiencia no tarda en demostrar, y más todavía entre adolescentes, se encuentra sujeta a un sinnúmero de factores mudables e inconstantes: estados de humor y de salud, percepción no siempre veraz del aprecio o de la falta de interés por parte de la pareja, problemas personales que se proyectan sobre el otro, celos, suspicacias, temores de perder lo que tanto nos contenta, etc.
Se trata, entonces, de un afecto limitado, no todavía del amor en su acepción más plena. De resultas, y aunque en los momentos de exaltación parezca innecesario y utópico, ese afecto inicial ha de madurar y desarrollarse, hasta convertirse en elemento ineludible de un amor todavía más firme, noble, elevado, decisivo y gratificador. De lo contrario, por más que se nos antoje imposible, acabaría por transformarse en un estorbo para el auténtico y definitivo cariño… o sencillamente por desaparecer, pasado el período inaugural de euforia. E incluso podría hacer despuntar en nosotros, por despecho, la convicción de que el amor es poco más que una palabra embaucadora: que lo que pretende significar, en fin de cuentas «no existe».
En cualquier caso, el espejismo del amor romántico insuperable, la ilusión convencida de haber tocado techo y llegado hasta la cumbre, la incredulidad un tanto desconfiada ante quien nos insinúa que todavía no hemos arribado y que vale la pena seguir avanzando aunque fuere con esfuerzo, tiene una explicación muy clara. Y es que el amor sentimental, si se da, suele venir acompañado de una cierta idealización de quien nos arrebata, que magnifica sus cualidades reales y tiñe con una pátina de cariñosa y entrañable comprensión incluso sus defectos más palpables… cuando no simplemente los ignora. Por eso resulta casi imprescindible en los primeros momentos. Pero, por los mismos motivos, no basta. En esta fase primeriza, casi todo se desenvuelve en la periferia: no se quiere y se busca propiamente a la persona única del otro, con toda la maravilla y profunda riqueza que lleva consigo, sino más bien sus cualidades: belleza física y atractivo sexual, ternura, capacidad de comprensión, inteligencia, alegría, iniciativa, optimismo, ganas de vivir y de construir un futuro…, que son las que de manera inmediata despiertan en nosotros esa suerte de éxtasis placentero, maravilloso y cautivador, que nos catapulta a la estratosfera y parece dar un sentido definitivo e irrebasable a nuestra existencia.
Mas en realidad, por cuanto deriva sobre todo de la atracción sensible y sentimental, este tipo de afecto genera un conocimiento recíproco todavía muy parco y epidérmico: al no trascender en sentido estricto el ámbito de la sensibilidad (externa e interna), nos conduce a conocer con cierta aproximación el cómo exterior y las dimensiones interiores menos definitivas, pero no lleva a saber quién es efectivamente aquel o aquella que nos vuelve locos; en consecuencia, no lo podemos realmente amar (a él o a ella) tal cual en verdad es, pues su realidad personal más honda todavía no ha sido descubierta. La pareja está sólo comenzando a caminar unida… y aún queda un largo trecho por recorrer. Y lo que es más, si detuviéramos en este punto nuestra andadura, si nos conformáramos con lo ya adquirido, antes o después el entusiasmo incontenible de ese presunto amor inigualable, pero basado en atributos frágiles e inconsistentes —y, en buena parte, comunes a otras personas—, daría paso a un penoso desengaño, como las luces de bengala dejan sin remedio tras de sí la realidad oscura de un trozo de madera ennegrecida, incapaz de lucir de nuevo.
Hay que establecer cimientos más sólidos: encauzar toda la energía que el amor romántico libera hacia la construcción de un edificio de mucha mayor y más firme envergadura.
b) El amor de donación
— Para siempre y desde el fondo. El idilio sentimental es en principio positivo, por cuanto apunta, más o menos lejanamente según la edad y condición de los implicados, pero de manera connatural e inevitable, a la plenitud que todo amor anticipa. En el inefable y prometedor chispazo del enamoramiento sincero está presente, a veces sin clara conciencia, el imperativo de un amor sólido y sin término, que trasciende el carácter efímero del atractivo corporal y de las emociones más o menos intensas pero siempre inestables. Distinguir entre estas dos modalidades de amor y englobar la primera en la segunda resulta indispensable para cimentar con solidez un matrimonio, descubrir la dinámica que lo rige y llevarlo a su plenitud y felicidad: para hacer del amor mutuo y de la vida en común ese prodigio de hermosura, de embrujo y de contento que por su misma índole le corresponde… y al que debemos hacer tender a nuestras alumnas si queremos que sean dichosas.
Porque, aunque suela hundir sus raíces en el enamoramiento y en absoluto se oponga a él, el de donación es otro género de amor. Nace ya con vocación de eternidad —«para siempre»—, y no sólo pone en juego las dimensiones perecederas del varón o de la mujer, ligadas a la materia, sino la entera persona de cada uno de ellos, con todo el vigor de su entendimiento, la fuerza inigualable de su voluntad, la libre capacidad de construirse a sí misma y de hacer el bien a los otros, a pesar de las dificultades… y la inclinación a la entrega sin condiciones y sacrificada, que, como resumen de todo lo anterior, es lo reclamado por su propia índole personal. Con otras palabras, lleva a descubrir y estimar algo único, profundo y grandioso, indecible, dotado de una riqueza íntima y de una densidad que sólo a la inteligencia enamorada le es dado apreciar y que se eleva infinitamente por encima del atractivo externo y de la capacidad de despertar en nosotros emociones incluso imborrables. Semejante grado de amor, que quienes se mueven sólo en la superficie jamás llegan a experimentar, ni a los quince ni a los treinta ni a los cincuenta años, únicamente puede obtenerse, según sugeríamos, a través de la mutua y voluntaria donación de las personas —de toda la irrepetible persona: su quien—, que nunca habría que confundir ni con los estremecimientos sentimentales o sensibleros ni, menos aún, con el mero comercio de los cuerpos.
Desde el momento en que despunta este nuevo amor, lo que eres —social, económica o culturalmente, pongamos por caso— y cómo eres —más o menos atractivo, bullanguero, inteligente, etc.— no importan tanto como quién eres: una persona singular e irreiterable, con vocación de eternidad, llamada a mantener para siempre un diálogo intimísimo de amor con Dios y de prepararse en esta vida para ello, justo, normalmente, a través del matrimonio… y por eso maravillosa y capaz de dar pleno sentido a mi propia existencia. Y de ahí surge el anhelo recíproco de entrega personal.
Un afán que puede ejemplificarse con este diálogo idealizado, hipotético y algo cursi entre quienes se aman de veras:
– Te quiero, y desearía demostrártelo regalándote lo mejor que tengo.
– Pues lo mejor que tienes y podrías entregarme eres tú misma.
– Entonces de acuerdo: te doy mi vida, te doy todo lo que soy.
– Pues yo también, durante mi entera existencia, seré todo y sólo tuyo.
A partir de ese instante, los presentes con que los amantes se obsequian tienden a multiplicarse. Pero, sobre todo, y se trata de algo muy relevante para discernir la calidad del amor en juego, cambian de significado. Ya no pretenden tanto servir como medio para conquistar a la otra persona: para congraciarse con ella, disponerla favorablemente a nuestro respecto, granjearse su aprecio, simpatía, confianza y amistad. En el fondo, aunque a menudo no acaben de advertirlo quienes las ofrecen, tales dádivas son un símbolo o una prenda de la recíproca donación, presentida y deseada, de ellos mismos… ¡porque eso es lo que reclama la índole de persona que ya está comenzando a entrar en juego!
“¿Regalo, don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar”, escribió con acierto Salinas. O, con palabras más prosaicas, que cualquier enamorado ardiente y genuino haría suyas: “Desearía vivir siempre contigo, pero como no puedo estar en más de un sitio a la vez y mis obligaciones me imponen en muchos momentos la separación física, te dejo, para que esté siempre junto a ti, lo más valioso que he conseguido encontrar; y te lo entrego con tanto cariño que en realidad lo que hay en ese obsequio es… mi propia persona”.
— Una diferencia muy de fondo. Como tal vez ya se advierta incluso por las simples indicaciones tipográficas, la clave del drástico cambio que estamos exponiendo gira toda ella en torno a un extremo muy neto: la entrada en vigor de las valencias estrictamente personales, que el auténtico amor siempre pone en primer plano.
Con independencia del modo en que se llegue hasta él y de su índole más o menos expresa y observable, en el inicio del amor de donación se sitúa siempre un descubrimiento de la persona del ser querido, que hace vibrar a su vez nuestras fibras personales más recónditas. Ya no cuentan tan sólo los atributos, incluso encomiables, de quien nos fascina. El amor genuino surge de más adentro y llega más al fondo: advierte con particular agudeza la excelsitud personal irreiterable del ser querido. Es como si la entera maravilla de la índole de persona —perfectissimum in tota natura: lo más perfecto que puede existir, como la definían los clásicos— se percibiera con vigor irresistible encarnada en un determinado sujeto del otro sexo, con el que uno desea compartir la propia existencia; y es como si ese portento de bondad y belleza —anclados en la nobleza incomparable del ser personal, susceptible de una donación sin reservas— elevara hasta su rango sublime a todos y cada uno de los integrantes de quien queremos: sus cualidades, que desde siempre nos habían atraído…, y también sus lagunas y defectos: de modo que incluso éstos, incorporados a la unidad inefable, compacta e intimísima de la persona toda, se transforman también en objeto de amor, puesto que pertenecen sin fracturas, incompatibles con la férrea unidad de cuanto se empina hasta el nivel de persona, al sujeto querido (cosa que, pese a las apariencias, de ningún modo se da en el simple amor romántico).
Por otra parte, y también este extremo presenta resonancias prácticas, las virtudes físicas o espirituales que hasta entonces nos atraían y ahora nos siguen subyugando, quedan marcadas con la unicidad singularísima que constituye a la persona querida. Dejan de ser comunes o similares a las de otros individuos… y se atenúa casi hasta casi desaparecer la posibilidad —¡la tentación!— de sentirnos atraídos por atributos semejantes de personas diversas: sencillamente porque al enraizarlos hasta la hondura de la particularísima condición personal irreiterable, los de quien amamos se han trocado inesquivablemente únicos, sin parangón, y nada parecido podríamos encontrar en un sujeto distinto. Como recuerda Ortega, “nada inmuniza tanto al varón para otras atracciones sexuales como el amoroso entusiasmo por una determinada mujer”.
— Entrega libre y voluntaria de la persona. Es ahí, por tanto, en la entrega directa y plena de la persona, donde reside la clave del éxito, indisolublemente aparejado, como puede intuirse, al olvido de sí. Pues mientras el derivado de la simple atracción y de los sentimientos giraba en cierto modo en torno al propio yo, tendiendo a colmar nuestros lícitos deseos de contento y satisfacción estando con quien queremos, el amor de donación invierte la situación radicalmente. Nos saca de nosotros mismos y nos lleva a reconocer y querer, a través del entendimiento y la voluntad, y no ya sólo de la sensibilidad y las emociones, el bien de la amada o del amado: su bien más real y concreto, no un bien genérico, difuminado y confuso en una nube de efluvios románticos. Este amor, que desemboca en el matrimonio y lo caracteriza, culmina sin remedio en la dádiva: ofrecerse uno mismo al otro con total gratuidad, ponerse plenamente a su servicio al margen de las circunstancias favorables o adversas, hacer entrega recíproca de la propia e íntegra persona, recibida también de manera incondicionada por el cónyuge.
No es sólo, pues, el placer, ni sólo el afecto ni las resonancias emotivas; se trata de dar, pero de dar lo más grandioso que tenemos, nuestro propio yo personal, que es lo que el otro con más o menos conciencia desea y en todo caso necesita para alcanzar su plenitud: no lo que deseamos y necesitamos darle nosotros y que por eso nos contenta. La alegría profunda y duradera, efecto del amor en su sentido más elevado, nace justo de este inmortal donarse gratuito; no con vistas a un determinado interés o al goce, siempre efímeros, sino a la perfección y a la felicidad del otro, de cara a su engrandecimiento personal definitivo.
El contentamiento mutuo, que era como la marca o el sello del amor romántico, sustentado en las cualidades agradables y placenteras de los enamorados, se trueca ahora en deseo de perfección y búsqueda del bien propio y ajeno más hondos y radicales, que es el elemento caracterizador de la persona en cuanto tal. Sin esa «inversión de perspectiva», con la que se encuentra íntimamente hermanada la capacidad irrestricta de abnegación y renuncia, no puede hablarse de amor “de ley”.
c) «Hacerse» capaces de amar
— El papel de la libertad en el surgimiento del amor auténtico. La enérgica transformación que hemos esbozado constituye uno de los puntos menos atendidos en el momento presente y uno de los más importantes para entender la naturaleza del auténtico amor, la posibilidad de conducirlo hasta el apogeo reclamado por la condición humana y, por contraste, cuando no se da, la causa de tantas insatisfacciones y de tantos fracasos sentimentales.
Porque ese amor que hemos visto apuntar con fuerza más allá de los meros sentimientos tiene que ser voluntariamente consolidado por un acto consciente, eficaz y definitivo de las personas que lo experimentan. Como en tantas otras circunstancias trascendentales de la vida humana, la cifra para comprender con hondura esa confirmación creadora de un amor más alto la constituye la que tal vez es la clave de más calado de toda nuestra existencia: el ejercicio cabal de la libertad, que es el que genera las más enérgicas mudanzas en el entramado de nuestra persona, a la par que nos hace dueños de nosotros mismos y nos permite obrar con un nuevo vigor.
En buena medida, hoy no entendemos ni el auténtico amor ni el matrimonio porque estamos muy lejos de comprender, con toda su hondura, cuál es la naturaleza de la libertad y cuál su decisivo papel en el transcurrir —¡y en el éxito o fracaso!— de la existencia humana.
También en este punto pueden servirnos de auxilio un par de esclarecimientos realizados de la mano de Juan Pablo II. Recuerda con un diagnóstico aparentemente duro, que la nuestra es “una época de gran crisis, que se manifiesta ante todo como profunda 'crisis de la verdad'”. Y añade: “Crisis de la verdad significa, en primer lugar, crisis de los conceptos”. Para concluir: “Los términos 'amor', 'libertad', 'entrega sincera' e incluso 'persona', 'derechos de la persona', ¿significan realmente lo que por su naturaleza contienen?”.
Con el fin de avanzar en el tema que nos ocupa, querríamos ahora centrar nuestra atención en los armónicos aparejados en el mundo presente al término «libertad»… y que también dejan sus huellas, ¡y hondas!, en la manera de enfrentarse con el amor y vivirlo o no rectamente.
• Acción y elección. Para buena parte de nuestros contemporáneos el maravilloso don de la condición libre, tal vez el más grande concedido a los humanos, se liga exclusiva o primordialmente a la simple acción. Lo que reclaman al apelar a su libertar es el poder de hacer lo que les venga en gana (o incluso que «les dejen» hacer eso que les apetece). Pero semejante visión de la libertad resulta muy pobre. Sin eliminarla, ha de ser trascendida. Más que la aptitud para hacer, la libertad nos otorga la capacidad de querer o elegir efectivamente, sin coacciones ni interferencias, aquello que a continuación llevaré a cabo. Estamos ante la conocida libertad de elección a la que apelaban con insistencia los clásicos, sin la que la condición libre se esfuma… como de hecho ha desaparecido para algunos de los que hoy la transforman en una especie de ídolo imprescindible y anhelado. Porque, en efecto, entre los que reivindican con fervor el derecho a realizar determinados actos, hay quienes en realidad no gozan de la capacidad de quererlos (o, para que se entienda mejor, de elegirlos): aun cuando no sean conscientes de su servidumbre, se ven impelidos compulsivamente a llevarlos a término, sin opción para omitirlos. Son esclavos o de los condicionamientos externos: modas, opiniones establecidas y acríticamente aceptadas, temor al ridículo o a oponerse a lo políticamente correcto…; o, más a menudo todavía, se hallan determinados por la necesidad que les impone su ignorancia, la falta de fuerza de voluntad, las pasiones incontroladas… Hacen en efecto muchas cosas, pero, a pesar de las proclamas desmesuradas en defensa de su libertad, no las realizan por voluntaria elección; no podrían dejar de efectuarlas: se ven arrastrados de manera irrefrenable por los factores a que acabamos de aludir. Como consecuencia, no son libres.
• Perfeccionamiento. Pero tampoco acabarían de serlo, si habláramos en rigurosa puridad, quienes gozaran del simple poder de elegir lo que hacen. Lo son tan sólo los que pueden voluntariamente optar, querer y poner por obra lo que deben realizar para que esa operación contribuya a su avance personal. Por emplear un modo de decir común, aunque necesitado de matices, la libertad humana no es un absoluto o, desde este punto de vista, un fin. Se constituye más bien como medio privilegiado para la propia realización personal. De poco serviría en verdad ni el hacer ni el elegir si merced a ellos yo no me construyera, mejorara como persona, me acercara a la meta gracias a la cual obtengo mi plenitud. Libertad es, entonces, la capacidad de: i) conducirse por sí mismo ii) hasta la propia perfección. Con las dos notas: si careciera del poder de autodeterminación, sin el efectivo no ser arrastrado, en verdad no podría considerarme libre; pero si tal aptitud no contribuyera eficazmente al propio desarrollo, resultaría inútil o vana, de ninguna manera cabría considerarla una ganancia, una prerrogativa positiva, el gran don o privilegio al que antes nos referíamos.
• Modelación del propio ser. Vemos entonces que, desde los dominios de la simple operación externa, y a través de la decisión y de la elección correcta, constructiva, la libertad acaba por moverse y hundir sus raíces y dar fruto en las feraces e íntimas tierras del propio ser. Se configura como el poder de «hacerme», de modificar o incrementar aquello que soy… para llegar a ser de una manera más plena y cumplida (o, al contrario, para empequeñecerme y destruirme, al actuar en contra del sentido de mi propia existencia).
La libertad empieza a advertirse como el inefable atributo que eleva al hombre por encima de los animales cuando caemos en la cuenta de que cada una de las acciones que realizo libremente deja una huella en mi propio ser, me transmuta, haciéndome crecer, ser más y mejor, o, si fuere el caso, des-haciéndome, disminuyendo la estatura de lo que soy. Esa modificación puede resultar muy tenue, cuando lo que pongo en juego al obrar es un aspecto periférico o menos trascendente de lo que me constituye como persona: cuando decido hacer un pequeño esfuerzo para ayudar a un amigo o me privo, por amor a quienes quiero, de un capricho insignificante. Pero también puede incidir de manera profunda en mi biografía, configurándome de un modo nuevo: como sucedería, pongo por caso, cuando me arrepiento honda y sinceramente de una actitud arraigada o una costumbre que ponía trabas a mi despliegue personal, y decido cambiar de vida.
En semejantes circunstancias, como fruto de esa opción y del conjunto de armónicos que la secundan, empiezo a ser de un modo radicalmente distinto, que imprime un rumbo desconocido a toda mi andadura vital. Pues bien, entre los actos que más íntimamente influyen en el sujeto humano se encuentra justo aquella suprema decisión voluntaria —¡libérrima!— por la que un hombre y una mujer deciden empezar a amarse de veras: es decir, entregarse de por vida todo lo que son, hacen y tienen… y lo que serán, harán o tendrán. Y la razón de tan singular incidencia no es muy complicada. Muchas veces y con gran autoridad se nos ha explicado que el sujeto humano es una realidad destinada al amor (un ser-para-el-amor), hasta el punto de que “no encuentra su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”. El objetivo final de la vida humana, lo que hace que un individuo llegue a ser lo que está llamado a ser según su condición más propia, es justo la donación de sí mismo. Y esto, como bien puede advertirse, se lleva a cabo de una forma prácticamente única en el momento en que libremente —¡porque quiero y porque quiero (porque amo)!— decido ofrecerme por completo, en el matrimonio, a aquella persona a la que desde ese instante pertenezco y con la que voy a compartir mi vida entera. De esta suerte, el «sí» incondicionado de la boda produce en mí una de las mudanzas más radicales y definitivas que puedan imaginarse: por cumplir de manera adecuadísima la inclinación máximamente configuradora de mi condición personal, la tendencia a existir para los demás, me altera tan revolucionariamente que empiezo a ser de un modo original, que marca una diferencia decisiva e imborrable respecto a lo que era antes de llevar a cabo ese acto libre y enaltecedor.
Esa variación en el ser hace posible también una manera distinta de obrar. En definitiva, en lo que ahora nos atañe, me capacita para amar seria y cabalmente: para amar sin más, si a este vocablo le concedemos su auténtico y más noble valor (comparado con el cual, todo lo de antes todavía no era amor).
— El vigor creador de la libertad. Con otras palabras: por encima de cualquier apariencia, y a pesar de que nuestros sentidos no consigan advertirlo, el pacto conyugal inaugura una realidad inédita —el matrimonio, antes inexistente—, que lleva consigo un modo por completo diverso de ser (y de obrar) para cada uno de sus integrantes. Con el matrimonio, y porque quiere, el marido se convierte en hombre-de-aquella-mujer, que a su vez, también porque quiere, se torna mujer-de-aquel-varón. Desde ese instante los esposos se pertenecen mutuamente en lo que poseen de conyugable (de apto, según sugeríamos, para ponerse en común al servicio de un proyecto de vida compartido en cuanto varón y mujer). Se instaura entre ellos una apropiación recíproca, fuente de la que emana toda su vida de amor y fecundidad. Ya no son simplemente un hombre y una mujer, sino que son esposos, una pareja, “una sola carne” (Gn 2,24 y Mt 19,6).
Han decidido libremente —¡porque les da la gana!— convertirse en cónyuges; y el impresionante vigor de la libertad ha mudado la gratuidad originaria de su amor en exigencia de justicia o, mejor todavía, en deliberada deuda de amor: ahora no sólo se quieren, sino que, en un entusiasmante y supremo acto de libertad continuada y transfiguradora, se han obligado a quererse. Se «quieren querer sin límites»… y ya pueden hacerlo, porque cada uno se ha transformado en el bien por antonomasia del otro y ha convertido a éste en su bien más radical (cosa que no eran antes de la libre elección comprometida): ¡se inicia una nueva etapa del amor, situada a años luz por encima del afecto existente antes de la decisión voluntaria realizada en el momento de la boda!
De resultas, con el consentimiento matrimonial los esposos pretenden, sí, ponerse de acuerdo para pasar juntos el resto de sus días; pero además y sobre todo, comienzan a ser-del-otro-y-para-el-otro, asumiendo la comunidad de vida conyugal y el enamorado desvivirse por su pareja como deuda, como vínculo no sólo de amor sino de justicia enamorada, es decir, como unión mutuamente debida.
Aunque todo ello dejando claro que pertenecer y donarse al cónyuge no equivale a convertirse en su esclavo, ciego secuaz de sus posibles caprichos… porque esto implicaría un perjuicio efectivo y hondo para los dos esposos. Darse a sí mismo significa empeñar la propia libertad en aras del bien personal y de la felicidad reales del ser querido. Y esto exige una respuesta adecuada. Puesto que el objeto de la recíproca donación es el bien de ambos, cada uno se obliga libremente a poner por obra cuanto en efecto contribuya a ese bien y a evitar lo que lo impida, aun cuando así tuviera que oponerse a los deseos arbitrarios del otro. Las dos cosas por amor, buscando el perfeccionamiento mutuo y comprometido.
d) Amor libre y matrimonio
— Una transformación radical. Lo que estamos describiendo deja su huella incluso en la terminología que se utiliza para referirse al matrimonio. En efecto, el vocablo cónyuge deriva de cum iugo y designa a aquel o aquella con quien la unión a un mismo yugo permite llevar hacia delante un proyecto común libremente decidido y sostenido, apoyando cuando fuera el caso su debilidad con mi fuerza o recibiendo el vigor de su energía cuando yo flaqueo, hasta hacer fructificar con nuestra acción conjunta la tierra que estamos labrando. La palabra compañero (de cum pane: persona con la que divido el pan) se refiere al simple comensal. Entre uno y otro existe una abismal diferencia. La comida —¡y hoy, por desgracia, la cama!— la comparto con quien quiero; pero la suerte futura no: sólo con el con-sorte, de cuyo engrandecimiento y felicidad voluntariamente me hago responsable.
En consecuencia, el consentimiento expresado el día de la boda es más que un momento de particular intensidad en la aventura sentimental de un hombre y una mujer: como decíamos, constituye aquel acto egregio de amor de voluntad oblativa, único e irrepetible, que libremente los transforma, haciéndoles ser de un modo nuevo, radicalmente distinto del que eran hasta hace unos instantes. Los convierte en esposos, deudores definitivos y embelesados de su amor recíproco: bienes mutuos, miembros inaugurales de una misma familia, vinculados de por vida, al margen de cualquier otra circunstancia, como ligados por un lazo de fraternidad indisoluble se encuentran los hermanos nacidos de unos mismos padres; con la diferencia, hoy difícil de comprender, de que la unión de los cónyuges, nacida de la voluntad libre, al ser más comprometidamente personal, posee mucha mayor fuerza humana y antropológica que la derivada de la comunidad de sangre; es más íntima y vinculante que ella, como a su vez resulta todavía mayor la que hunde sus raíces en los lazos sobrenaturales derivados de una libertad a la que la gracia ha dotado de un vigor inimaginable.
Según se nos recordara hace algunos lustros, “por obra del matrimonio se juntan y se funden las almas aún antes y más estrechamente que los cuerpos, y esto no con un afecto pasajero de los sentidos […], sino con una determinación firme y delicada de las voluntades” que presenta efectos reales, por cuanto hace que los cónyuges sean de una manera nueva y puedan obrar de acuerdo con ella. Justo esa mudanza, aparejada a la existencia de un vínculo o unión intimísima —dos en uno— señala el abismo que separa a los amantes de los esposos; el que distancia al mero convivir del ser marido y mujer y poder actuar como tales; al simple engendrar hijos del efectivo constituir una familia… surgida de y para el amor.
Como explica un autor italiano, con expresiones un tanto técnicas, el amor esponsal “liga y hace de quienes se aman ‘consortes’, es decir, los une en un destino común. Existen variados lazos de amor en el ámbito sentimental o intencional, pero el amor esponsal posee un vigor ontológico: crea una ligazón que permanece para siempre y define de una manera nueva a las personas; casarse no es lo mismo que ser amigos, igual que engendrar un hijo no equivale a ocuparse de niños menesterosos”. Es lo que siempre se ha concebido como un cambio de estado y que nosotros preferimos designar como renovación profunda del modo de ser.
— La parodia del «amor libre». Si se ha seguido con detenimiento lo expuesto hasta ahora, no es difícil advertir que el auténtico y más genuino «amor libre», aquel al que le cuadra sin reservas esta denominación, es justo el del matrimonio. Porque es amor verdadero, de la más alta calidad, y porque ha surgido y se conserva y crece como fruto de un acto libérrimo de voluntad sostenido y reiterado de por vida. Por el contrario, lo que durante lustros se ha calificado con semejante nombre, y que con tanta musicalidad seduce a los oídos, no es sino la imposible convivencia entre dos ilusiones: la de ser «libres», sin compromiso, poniendo en juego una desgraciada caricatura de la auténtica libertad, y la de amar de verdad, con genuina entrega.
¿Por qué hablamos de convivencia imposible? Porque una libertad que no se fundamente sobre la verdad no es libertad auténtica. Ahora bien, si como hemos visto el amor profundo y verdadero es ante todo donación, salida de sí, dádiva, vinculación de por vida al otro, hablar de un “amor libre de compromisos”, sin entrega, resulta una contradicción. En la expresión “amor libre”, la legítima e inevitable fascinación de las palabras “amor” y “libertad” queda corrompida de hecho a causa de ese intento de ensamblarlas en una coexistencia recíproca… que las destruye. En el mal llamado “amor libre” se pierde el sentido fidedigno del amor y de la libertad, por cuanto ésta carece de significado al margen de la entrega amorosa.
No está de más observarlo: la simple “relación” o incluso la “convivencia” de una pareja, hoy tan extendida, es una situación irregular que en el fondo contribuye de manera decisiva a hacer que no se entienda la honda realidad interpersonal y soberana del matrimonio, relegándolo a la función de mera práctica legal —el famoso «papel» del juez o del párroco— o de simpática e insustancial tradición festiva. Y que, por tanto, lo devalúa, lo desbarata y tiende a hacer de él una suerte de inútil optional. E impide advertir la abismal diferencia que existe entre estar o no casados, entre ser o no ser esposos, entre poder o no poder amarse como varón y mujer, como bienes recíprocos exclusivos y excluyentes, con todas sus consecuencias.
Y, de resultas, es casi imposible advertir hasta qué punto el presunto amor de quienes inician irreflexivamente una relación, o el amor más cabal de los auténticos enamorados en los que empieza a despuntar el genuino afán de entrega personal, pueden crecer en virtud de ese acto libérrimo y creador que constituye el «sí» de la boda… para convertir su vida de pareja en algo de un valor perfeccionador y gratificante prácticamente infinito.